No soy todopoderoso
ni omnisciente ni ubicuo, sólo soy un ser humano, con mis perfiles bueno y
malo; demasiado soñador (¿acaso se puede serlo demasiado?); incapaz de fingir,
soy el único que no sabía que la fiesta era de disfraces. Confundido como un
niño perdido en medio del bullicio, aterrado, esperando inmóvil a que vengan a
buscarle, en un mundo de mayores. Con una chaqueta heredada que me va demasiado
grande y unos zapatos -también heredados- que ya me aprietan.
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