23 enero 2016


Mi hermana Maite está bastante más al tanto que yo de las novedades culturales. Me habló de este libro y al leer la contraportada (y viniendo recomendado por ella), me lo compré y devoré en pocas sentadas de lectura.
Es absolutamente recomendable.
Lo que pego a continuación es un extracto, la traducción de un artículo suyo que publicó en el blog the The Guardian. A disfrutar.

Mi vida como pianista puede ser frustrante, solitaria, desmoralizante y agotadora. ¿Pero vale la pena? Sí, sin lugar a dudas.

James Rhodes (Viernes 26 de Abril de 2013)

http://www.theguardian.com/music/musicblog/2013/apr/26/james-rhodes-blog-find-what-you-love

Después de las inevitables preguntas “¿Cuántas horas al día practicas?” y “Muéstrame tus manos”, el comentario que más escucho es “Yo solía tocar el piano de niño. Realmente me arrepiento de haberlo dejado.” Me imagino que los escritores deben haber perdido la cuenta de cuántas personas les han dicho “siempre he tenido dentro mío la idea de un libro.” Al parecer hemos evolucionado hasta convertirnos en una lamentable sociedad que ha perdido la creatividad. Nos hemos convertido en un mundo donde las personas simplemente se han rendido (o han sido golpeados hasta rendirse) para terminar viviendo una sonámbula vida entre el trabajo, la casa, las hipotecas, la comida chatarra, la tele basura, las ex-esposas furiosas y los hijos hiperactivos. Al final, terminas tentado a comer pollo de un balde mientras envías correos electrónicos a sus clientes un domingo a las 8pm.
Hagan sus cálculos. Podemos funcionar –a veces brillantemente- con seis horas de sueño cada noche. Ocho horas de trabajo ha sido más que suficiente durante siglos (oh la desesperada ironía que en efecto ahora trabajamos muchas más horas desde la invención del Internet y los smartphones). Cuatro horas más serán suficientes para recoger a los niños, hacer limpieza, comer, lavar y los varios etcéteras. Nos quedan seis horas. 360 minutos para hacer lo que queramos. ¿Nos anestesiaremos y le daremos a Simon Cowell aún más dinero? ¿Vagaremos por Twitter y Facebook buscando romances, amistad, gatos, reportes de tiempo, obituarios y chismes? Y para ponernos nostálgicos, ¿nos emborracharemos en un bar donde no se puede ni fumar?
¿Qué pasaría si pudiésemos conocer en una hora todo lo que se necesita saber para tocar el piano (algo que el fallecido y gran Glenn Gould aseguraba, pienso que con toda razón, era cierto)? Los fundamentos de cómo leer música y practicarla, los mecanismos físicos del movimiento de los dedos y la postura, todas las herramientas necesarias para en efecto tocar una pieza –todas ellas pueden escribirse e impartirse como el manual para armar un mueble. Entonces, depende de ti gritar y atravesarte los dedos con las uñas en la esperanza de descifrar algo inenarrable hasta que, con suerte, termines con algo que se parezca al menos a medias al producto final.
¿Qué tal si por unas doscientas libras esterlinas puedes comprar en eBay un viejo piano vertical? ¿Y que tal si luego te dijera que con el profesor adecuado y 40 minutos diarios de práctica en unas pocas semanas podrías aprender una pieza que siempre has deseado tocar? ¿No valdría la pena?
¿Qué tal si en vez de unirte a un club de lectura te unes a un club de escritura? Un club en el que cada semana tengas que (y realmente tengas que hacerlo) llevar tres páginas de tu novela, cuento o guión y leerlas en voz alta?
¿Qué tal si en vez de pagar 70 libras mensuales por un gimnasio que se deleita en hacerte sentir gordo, culpable y alejado del hombre con quien tu mujer se casó, te compras un par de lienzos en blanco y dedicas un tiempo cada día pintando tu versión de “Te amo” hasta que tomes conciencia que cualquier mujer que valga la pena que tengas al lado saltaría por ti a pesar que no tengas un six-pack?
Yo dejé de tocar el piano por 10 años. Una década de muerte lenta a causa de la ambición por trabajar en la ciudad, persiguiendo algo que para comenzar nunca existió (seguridad, autoestima, encarnar un Don Draper, aunque unos centímetros más bajo y con unas cuantas mujeres menos.) Y, solamente cuando el dolor de no conseguirlo creció más que el dolor imaginario de hacerlo, de alguna manera tuve las agallas de ir detrás de lo que realmente quería y con lo que estuve obsesionado desde los siete años: ser un pianista.
Reconozco que me fui al otro extremo: no tuve ingresos por cinco años, dediqué seis horas diarias de intensa práctica y mensualmente cuatro días de clases con un brillante y psicópata profesor en Verona; el hambre por algo que se hacía tan necesario me costó el matrimonio y nueve meses en un manicomio, gran parte de mi dignidad y como 15 kilos de peso. La pepita de oro al final del arco iris no ha sido precisamente el final de Disney que imaginé recostado en mi cama a los diez años escuchando a Horowitz devorando a Rachmaninov en el Carnegie Hall.
Mi vida involucra incontables horas de práctica repetitiva y frustrante, cuartos de hotel solitarios, pianos chungos, críticas lapidarias, aislamiento, confusos programas de premios de aerolíneas, psicoterapia e interminables momentos de tensión contando las baldosas del techo (detrás del escenario) mientras la platea lentamente se llenaba. Todo esto contrastado con pequeños momentos de presión extrema (tocar 120,000 notas de memoria en el orden correcto y con los dedos correctos, con el sonido preciso, el adecuado pedaleo mientras hablar de los compositores y las piezas y sabiendo que hay críticas, grabadoras y filmadoras, mi mamá, los fantasmas del pasado, y todos viéndote), y con ello lo más terrible es darme cuenta que nunca, jamás daré el prefecto recital. Cuando mucho con suerte, trabajo duro y una alta dosis de auto perdón, podré ser “lo suficientemente bueno.”
Y con todo, la inenarrable recompensa de poder tomar un montón de papeles de las repisas de Chappell of Bond Street, llevarlos a casa, hacer arreglos a una partitura, con el lápiz, el café y el cenicero sobre el piano, y emerger a los pocos días, semanas o meses siendo capaz de tocar algo que un loco, genio y lunático compositor tuvo en la cabeza hace 300 años, aunque estuviera sufriendo de pena, amor o sífilis. Una pieza musical que siempre desconcertará las más grandes mentes en el mundo, que simplemente no tiene lógica, que aún está viviendo y flotando en el éter y lo hará por los siglos venideros. Eso es extraordinario. Yo lo hice. Y lo hago, para mi sorpresa, todo el tiempo.
El gobierno está cerrando programas musicales en colegios y fulminando becas de arte alegremente como un niño americano en una tienda de helados. ¿No vale la pena entonces pelear de alguna pequeña manera? Escribe un libro. Aprende un preludio de Chopin, haz un cuadro de Jackson Pollock con tus hijos, pasa unas horas escribiendo un Haiku. Hazlo porque cuenta incluso sin la fanfarria, el dinero, la fama o las fotos calientes que todos nuestros hijos piensan que tienen derecho a tomarse porque Harry Styles lo ha hecho.
Charles Bukowski, héroe de adolescentes ansiosos en todo el mundo, nos dice “encuentra lo que amas y deja que te mate”. El suicidio por creatividad es algo a lo que tal vez deberíamos aspirar en una era donde más y más gente conoce mejor a Katie Price que a El Emperador de Beethoven.



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